LUCY Y RICARDO: ¿POR QUÉ LO INTENTAMOS?

Lucy

Lucy Alcocer es una sobreviviente de dos intentos de suicidio.

La familia, así como los problemas emocionales, fueron elementos que la motivaron a quitarse la vida. Conforme fue creciendo, intentó encontrar el amor que no tenía en casa.

A los 17 años se enamoró, se casó y se embarazó.

Según ella, una infidelidad de su esposo detonó su primer intento de suicidio, en el que usó pastillas.

En la segunda ocasión, se colgó en el baño pero, afortunadamente, su hijo la encontró a tiempo.

Luego de ser ingresada en el Hospital Psiquiátrico reflexionó sobre su situación y gracias a la visita y reclamo de sus familiares, decidió tomar las riendas de su vida, y, con ayuda del Programa Integral de Atención al Suicidio (PIAS) encontró motivaciones para seguir existiendo.

Ricardo

Oriundo de Cansahcab, municipio ubicado a unos 60 kilómetros al oriente de la capital del estado, Ricardo Nahuat intentó suicidarse hace cuatro años a raíz de una serie de problemas económicos y familiares.

Para él, quitarse la vida sería una forma de acabar con el sufrimiento, no obstante, gracias al apoyo del PIAS logró conseguir herramientas que lo ayudaron a vivir el hoy, el aquí y el ahora.

Carta para mi amigo suicida

Por: Anónimo

“¿Por qué la juventud se está matando?”, “Lástima de muchachos, no valoran lo que tienen”, “Teniendo un futuro por delante, y mira…” Son algunos comentarios que he escuchado cuando se toca el tema de otro joven que ha decidido quitarse la vida.

Me llena de desconcierto, de frustración, pensar que ni siquiera la misma sociedad en la que nos desenvolvemos sea capaz de comprender muchas cosas de nosotros, a pesar de que también han pasado por esta etapa. Nos ven drogándonos y emborrachándonos y solo recibimos juicios y condenas. Solo somos unos “rebeldes”.

Cuando recibí esa llamada en la que me decían que te habías marchado de este mundo, me sentí impactado, no lo podía creer. ¿Por qué? Porque nunca pensé que tú lo harías. Me dolió mucho, me sentí culpable porque unos meses atrás habíamos tenido problemas por cuestiones económicas, pero me alegra el que nos hayamos reconciliado antes de que esto pasara.

Sentí como una sustancia fría recorría todo mi cuerpo, mis manos me sudaban más de normal, mi piel se enchinó cuando me decían por el teléfono: “El Tony se colgó”. Dos días pasaron para que asimilara la noticia. Te juro que no pude dormir todo esa semana, porque cada que llegaba la noche y me encontraba acostado en la cama listo para descansar, llegabas a mi mente, y me preguntaba el por qué lo habías hecho.

Yo mismo te había llevado a un grupo de ayuda, ¿por qué no te quedaste con nosotros? pensaba, y por mi mente empezaron a llegar una serie de pensamientos que condenaban lo que habías hecho.

Hoy, analizando mi vida, quiero decirte que te comprendo hermano. Que yo también pensé como tú, que yo también sentí esas ganas de marcharme de este mundo, porque no me sentía satisfecho, porque no le encontraba sentido a esta vida, porque por más que me esforzaba por ser mejor cada día, no podía.

Me dolían muchas cosas, me dolía la ausencia de mi padre, me dolía la muerte de mi abuela (quien fue como mi madre), me dolía recordar la muerte de mi hermano de cuatro años cuando yo tenía doce. Me dolía ver a mi madre encerrada en su cuarto, sin comer, llorando todos los días viendo sus fotos, y mi hermana y yo, sintiéndonos cada vez más solos. Ella quería morirse y nosotros queríamos ayudarla, pero no podíamos.

Me dolía recordar los insultos neuróticos de mi madre cuando me portaba mal, te juro que siempre quise ser un buen chavo, pero no podía, desde niño siempre terminaba haciendo travesuras y portándome mal, ahora entiendo que era una manera de llamar la atención de mis padres. Recordaba esos momentos en casa de la abuela, tenía cuatro años, y ese vacío en mi pecho que me daban ganas de llorar por que extrañaba a mi mamá.

Me dolía recordar ese momento en el que mi mamá se enteró que me drogaba, yo tenía 15 años, y lo primero que hizo fue reprocharme el por qué lo había hecho, si me había dado todo, y sentirme culpable cada vez que ella se preguntaba ¿En qué fallé?.

Tenía 17 y ya no quería vivir, mis amigos me consideraban un güey fiestero, al igual que ellos, pero no sabían qué pasaba por mi mente. ¿A quién decirle lo que siento? Si no confiaba en nadie. Si cuando le dije a mi madre que me habían pateado de la escuela, lo primero que recibí fueron insultos que bajaron mi autoestima y me que me hicieron sentir cada vez más inútil en esta vida.

A quién decirles que no me gustaban los granitos que empezaban a salir en mi rostro, y que me hacían sentir feo. A quien decirle cuanta frustración tenía porque a la niña que me gustaba tanto, yo no le gustaba.

Nadie sabía que yo bebía en casa solo y lloraba viendo las fotos de mi hermano. Nadie sabía cuánto amaba estar drogado y sentirme en otra dimensión, porque no me gustaba la realidad en la que vivía. Nadie sabía que casi todas las noches lloraba en mi cama porque las cosas no salían como yo quería. Nadie sabía las ganas que tenía de recibir un abrazo en esos momentos y llorar en el hombre de quien sea, pero que me escuchara y no me juzgara. Tampoco yo lo pedía, porque había aprendido a reprimir mis emociones y a no expresar lo que sentía, por el miedo a que piensen que era débil o hipersensible, lo cual no era del todo mentira.

Amigo, yo también pensé en irme, yo también pensé en que a nadie le importaba. No lo hice porque recibí ayuda a tiempo. Porque unas personas me escucharon en ese momento de fondo emocional, y no me juzgaron ni me condenaron, al contrario, me regalaron eso que por tanto tiempo había buscado, sentirme valioso, aceptado y querido.

Pero yo no pude estar ahí para escucharte amigo, y te pido perdón. Ahora entiendo que la amistad no solo es echar desmadre, tocar música, fumar, beber y seguir sobreviviendo cada quien como pueda. No es solo tenerte en mi lista de contactos en Facebook y darle “Me gusta” a tus publicaciones. No es solo saludarte y platicar un poco cada vez que te vea.

Me duele ver que a tus 24 años hayas tomado esa decisión. Pero no te juzgo, al contrario, te comprendo. Te comprendo porque fui adolescente y ahora soy joven y también quise hacerlo.

Has dejado muchas cosas en este mundo, una hermosa hija de tres años, una familia que te amaba, unos amigos que te queríamos mucho, tal vez en su momento no lograste percibirlo y tampoco nosotros demostrarlo. Pero lo más importante, has dejado en mí la incertidumbre sobre una problemática social que el día de hoy estamos viviendo y en la cual no estamos haciendo nada al respecto.

Como jóvenes se nos ha inculcado que somos el futuro de este país, pero ¿y qué pasa con el presente? ¿Qué pasa si las estadísticas demuestran que cada 36 horas una persona se suicida en Yucatán y que en su mayoría son jóvenes entre 10 y 29 años? Algo no anda bien, estamos inmersos en un grave problema, y no nos damos cuenta, hasta que alguien tan cercano como tú decide hacerlo.

Necesitamos ayuda porque solos no podemos. Necesitamos de nuestras familias, necesitamos de la sociedad civil, necesitamos del estado, necesitamos una cobertura con respeto de parte de los medios de comunicación. Porque el artículo 3 la Declaración Universal de los Derechos Humanos dice que tenemos derecho a la vida, y nosotros merecemos vivir. Tal vez no podamos lograr que tú regreses a este mundo hermano, pero creo que si trabajamos arduamente, podemos lograr que muchos jóvenes no tomen la decisión de marcharse por su propia voluntad.”

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